#Diseñando ejercicios para el desarrollo

La importancia de la cantidad de jugadores y del espacio

FIFA, 9-6-2026

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El fútbol es un deporte que requiere tomar decisiones, interactuar con otros jugadores y adaptarse continuamente. Los jugadores deben captar la información, solucionar problemas, llevar a cabo acciones y responder en el momento a situaciones cambiantes. Por lo tanto, la manera más efectiva de formar a jugadores es jugando al fútbol.

Disputar partidos en entrenamientos permite que los jugadores se beneficien de todos aquellos aspectos que distinguen al fútbol. Son competitivos, atractivos y divertidos, y en ellos se trabaja el ataque, la defensa, las transiciones, la dirección y los goles en equipo y contra compañeros rivales. Pero, por encima de todo, posibilitan que los jugadores se enfrenten a los mismos tipos de problemas que se encontrarán en situaciones de juego real.

Por ello, no se deben considerar simplemente como un recurso para que los entrenamientos sean más amenos o como un ejercicio reservado para el final de la sesión. Son uno de los entornos de aprendizaje más eficaces de los que disponen los entrenadores y deben formar parte integral del proceso de desarrollo.

Los 11 contra 11 no son siempre el mejor recurso

Si el fútbol se aprende jugando, es lógico preguntarse por qué no disputamos partidos de 11 contra 11 todo el rato, y la respuesta reside en la relación entre la realidad y la frecuencia de oportunidades.

Si bien un partido completo incluye todos los aspectos que los jugadores deben dominar, muchas de estas situaciones no ocurren con tanta frecuencia en el plano individual. En la Copa Mundial de la FIFA 2022™, los delanteros centro registraron un promedio de apenas 1.79 remates por partido, los extremos completaron 1.55 regates y los centrales salieron conduciendo el balón una media de 1.23 veces por encuentro. Si bien dichas acciones pueden resultar decisivas, ocurren muy de vez en cuando en el transcurso de un partido.

Por lo tanto, el problema no es la falta de oportunidades de aprendizaje, sino las contadas ocasiones en las que los futbolistas se enfrentan a situaciones concretas. Si bien los jugadores practican el fútbol, es posible que no se encuentren ante acciones, decisiones o problemas tácticos concretos con la suficiente frecuencia como para estimular su desarrollo.

Los entornos realistas fomentan el aprendizaje y para potenciar el desarrollo, la frecuencia es fundamental.

Aprender a través de la repetición

Para abordar este propósito, los entrenadores pueden modificar algunos aspectos de un partido sin desvirtuar la esencia del fútbol, entre ellos:

  • intensificar los problemas tácticos concretos;
  • aumentar la frecuencia de acciones y situaciones básicas;
  • simplificar la complejidad para los jugadores en formación;
  • crear retos adicionales para los jugadores más expertos;
  • fomentar actitudes y soluciones concretas.

Cabe destacar que el objetivo no es crear una simulación perfecta de un partido, sino incidir de manera intencionada en algunos aspectos futbolísticos para que los jugadores se enfrenten a ellos con mayor frecuencia y aprendan de manera más eficaz.

Además, los partidos que incorporan modificaciones siguen conservando los aspectos esenciales del fútbol, como el ataque, la defensa y las transiciones, pero las situaciones que propician el aprendizaje se suceden con mayor frecuencia y de manera más clara y sistemática.

La clave reside en modificar el partido lo menos posible, pero tanto cuanto sea necesario para lograr la conducta deseada.

Una estructura para diseñar partidos

Si bien los partidos se pueden ajustar de maneras distintas, los cambios se pueden clasificar en cuatro categorías principales:

  • Jugadores
  • a escala real
  • Propósitos
  • Reglas

Cada uno de estos condicionantes ejerce una influencia distinta en la conducta de los jugadores y, de manera conjunta, configuran los problemas a los que estos se enfrentan y las soluciones que encuentran. En esta primera parte, estudiaremos cómo los jugadores y el espacio influyen en el entorno de aprendizaje. En la segunda, analizaremos cómo se pueden utilizar los objetivos y las normas para guiar la conducta de los jugadores y recalcar resultados concretos de aprendizaje.

1. Jugadores

Al variar la cantidad y las funciones de los jugadores, así como las proporciones numéricas entre ellos, los entrenadores influyen en la frecuencia de participación y la presión a la que se enfrentan los futbolistas. Asimismo, determinan si el aprendizaje se centra en actitudes específicas de una posición o en competencias más generales y transferibles.

1.1 Contar con más o menos jugadores
Una de las maneras más directas y efectivas de modificar un partido es variar la cantidad de jugadores participantes. No es lo mismo jugar un 2 contra 2, un 4 contra 4, un 8 contra 8 o un 11 contra 11.

En líneas generales, contar con menos jugadores incrementa la participación individual, puesto que aumenta las opciones de tocar el balón, tomar decisiones y participar en jugadas ofensivas y defensivas. Por otro lado, contar con una cantidad mayor de jugadores aumenta la complejidad táctica y se asemeja más a la realidad, pero disminuye las intervenciones directas por jugador.

Si bien la relación entre la participación individual y la complejidad táctica puede resultar obvia, a menudo sus efectos se subestiman en la formación de juveniles, sobre todo a largo plazo.

1.2 Igualdad o desigualdad numérica
La proporción numérica entre jugadores se utiliza a menudo para configurar la dinámica de los ejercicios. En partidos con igualdad numérica se generan interacciones más equilibradas y realistas, mientras que el desequilibrio numérico permite estabilizar la posesión y dificultar la tarea de los defensas.

Si bien los cambios en la proporción numérica son efectivos, a menudo se infravaloran las consecuencias que tienen en la conducta táctica.

En situaciones de superioridad numérica, el equipo atacante debe formar un bloque estructurado y apoyarse en el jugador libre de marca para elaborar la jugada. Se buscan las soluciones de manera colectiva, mediante el pase. Los defensas que estén en inferioridad numérica también deben trabajar en equipo, utilizar el balón como el principal punto de referencia y coordinar sus movimientos para contrarrestar la desventaja.

En los equipos con igualdad numérica, por el contrario, la presión se suele ejercer de manera directa y constante. Los defensores sin posesión pueden jugar con mayor intensidad, lo que provoca una presión y un marcaje más individual. El equipo que tiene el balón debe zafarse de la presión rival a través de desplazamientos constantes, el manejo del balón y las soluciones individuales, lo que genera más disputas y acciones individuales.

Por lo tanto, la proporción numérica no solo determina la dificultad del encuentro, sino que repercute en las conductas y soluciones que se plantean.

1.3 Funciones generales o específicas de una posición
Los jugadores también pueden aprender mediante las distintas funciones en un partido. Los entrenadores pueden diseñar partidos centrados en determinadas posiciones mediante una división realista del terreno de juego, con referencias posicionales y funciones de una situación concreta, o partidos más generales que trabajan principios de juego más amplios.

Los partidos que trabajan posiciones específicas reproducen con más exactitud la realidad táctica y permiten que los jugadores desarrollen los conocimientos, las relaciones y las conductas propias de posiciones concretas. Esto puede resultar útil a la hora de desarrollar la conciencia posicional, la relación entre jugadores y los objetivos tácticos específicos.

Si bien los partidos centrados en posiciones específicas recrean con más exactitud las exigencias de un partido real, los más generales permiten ofrecen una mayor variedad de experiencias y desarrollan muchos de los principios fundamentales.

2. Espacio

El espacio condiciona el tiempo del que disponen los jugadores, la rapidez con la que se ejerce la presión y las soluciones que se encuentran. Al variar las dimensiones y la forma del terreno de juego, los entrenadores modifican el ritmo del juego y las acciones que se llevan a cabo.

2.1 Espacios reducidos o amplios
Cuando hablamos del espacio, no solo se tienen en cuenta las dimensiones del terreno de juego, sino la cantidad de espacio disponible en proporción a la cantidad de jugadores.

Disminuir el espacio relativo incrementa la densidad de interacción. Los rivales, al estar más cerca, ejercen presión con más rapidez, y los jugadores tienen menos tiempo de captar información y actuar. El ritmo de juego es alto y necesita de un gran esfuerzo cognitivo, ya que requiere procesar información de manera constante y tomar decisiones rápidamente.

Si se aumenta el espacio relativo, se consigue el efecto contrario. Los jugadores tienen más tiempo para percibir información y más oportunidades de aprovechar el espacio mediante desplazamientos constantes, los pases y la conducción del balón. Al mismo tiempo, aumenta la exigencia física, pues los jugadores recorren distancias más grandes, ejecutan carreras más largas y defienden zonas más extensas.

Cabe destacar que ejercer una mayor presión no implica necesariamente que se generen más situaciones de 1 contra 1. Si bien los espacios reducidos provocan más disputas, los más amplios permiten dejar expuestos a los defensores y superar a la zaga rival.

Diferentes formas del campo
La forma del terreno de juego puede influir tanto como sus dimensiones generales. Al modificar las proporciones del campo, los entrenadores motivan diferentes conductas tácticas.

Los terrenos de juego alargados y estrechos suelen favorecer la progresión. Al no disponer de mucho espacio en las bandas, los jugadores deben combinar entre líneas y asociarse por el centro, jugar hacia adelante y atacar el espacio hacia la portería. Por el contrario, en los campos cortos y anchos, el espacio se distribuye hacia los lados, lo que permite jugar por fuera, conducir el balón y efectuar cambios de orientación.

Sin embargo, la forma del terreno de juego también puede limitar la conducta. Un campo alargado y estrecho propiciará un juego más directo, pero no implica que los jugadores entiendan cuándo y por qué deben jugar hacia delante; simplemente, responden ante la limitación del terreno de juego.

Por lo tanto, la estrategia de modificar la forma del campo se utiliza normalmente para desarrollar destrezas específicas (por ejemplo, asociarse hacia adelante), en lugar de mejorar la lectura del juego (saber cuándo jugar entre líneas o por las bandas).

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